En el noreste de la India, enclavado entre las cumbres del Himalaya y las llanuras de Bangladesh, se encuentra el estado de Meghalaya, cuyo nombre en sánscrito significa literalmente «la morada de las nubes». Este rincón del planeta, que en 2026 sigue siendo uno de los secretos geográficos mejor guardados de Asia, alberga un ecosistema donde la lluvia no es un fenómeno meteorológico, sino la esencia misma de la vida. Aquí, en los distritos montañosos de Khasi y Jaintia, la naturaleza y la humanidad han forjado un pacto de coexistencia que ha dado lugar a paisajes de singular belleza y a una estructura social que desafía las convenciones globales: una de las pocas sociedades matrilineales activas del mundo moderno.
Uno de los paisajes más bellos y, a la vez, técnicamente impresionantes de Meghalaya es el de los Jingkieng Jri, o puentes de raíces vivas. Mientras el resto del mundo construye infraestructuras de acero y hormigón que resisten los estragos del tiempo y la erosión, el pueblo khasi ha perfeccionado el arte de «cultivar» sus puentes a lo largo de los siglos. Utilizando las raíces aéreas del Ficus elastica, guían el crecimiento de estas fibras a través de troncos huecos de bambú sobre ríos caudalosos y profundos desfiladeros.
Un puente puede tardar de 15 a 30 años en volverse funcional, pero a diferencia de las estructuras artificiales, estos puentes se fortalecen con el tiempo. A medida que las raíces envejecen y se entrelazan, su capacidad de carga aumenta, permitiendo que decenas de personas crucen simultáneamente. En un entorno que recibe más de 11.000 milímetros de lluvia al año (Mawsynram es el lugar más húmedo del planeta), un puente de madera sucumbiría a la humedad en pocos meses; sin embargo, el Jingkieng Jri prospera en el caos de los monzones, convirtiéndose en una extensión orgánica del bosque.
Más allá de la exuberante vegetación de sus selvas tropicales, Meghalaya destaca por la solidez de su organización comunitaria. El pueblo Khasi practica un sistema matrilineal que ha perdurado durante siglos. En esta cultura, el apellido, la herencia y el linaje se transmiten por la madre, no por el padre. Esta estructura no solo es una curiosidad antropológica, sino también un pilar de estabilidad social que garantiza a las mujeres un papel central en la preservación del patrimonio familiar.
Dentro de la familia Khasi, la figura de la Khadduh (la hija menor) es fundamental. Es la heredera de los bienes familiares y se encarga del cuidado de sus padres en la vejez, además de actuar como guardiana de los ritos y tradiciones religiosas del clan. Si bien el poder político suele residir en los hombres de la comunidad, el poder económico y la continuidad del linaje están en manos de las mujeres, lo que crea un equilibrio de poder que fomenta comunidades notablemente pacíficas y cohesionadas.
“Para nosotros, la tierra es la madre y la mujer es la semilla. No se trata de superioridad, sino de reconocer quién tiene la capacidad de nutrir y dar continuidad a nuestra esencia”, explica un anciano local, reflexionando sobre la filosofía de su pueblo.
El paisaje de Meghalaya es un laberinto de piedra caliza y arena que da lugar a dos de los sistemas de cuevas más grandes del mundo. Lugares como la cueva Krem Liat Prah no son solo formaciones geológicas, sino también espacios sagrados donde el pueblo khasi cree que residen los espíritus de la naturaleza. Estos paisajes subterráneos, repletos de estalactitas gigantes y ríos subterráneos, contrastan marcadamente con los Bosques Sagrados de Mawphlang.
En estos bosques, la comunidad prohíbe estrictamente la extracción de cualquier cosa: ni piedras ni flores. Se cree que cualquier daño a las flores traerá más buena fortuna a la aldea. Esta «ecología espiritual» ha permitido que estas áreas de flora permanezcan intactas durante miles de años, actuando como focos de biodiversidad donde sobreviven plantas medicinales y orquídeas que desaparecerían del resto de la región.
A medida que Meghalaya se abre más al turismo global, la comunidad se enfrenta al reto de equilibrar su patrimonio ancestral con las exigencias del siglo XXI. A medida que el cambio climático comienza a alterar los patrones de los bosques tropicales, afectando la salud de los árboles y, en consecuencia, la integridad de los puentes vivos, la resiliencia del pueblo Khasi continúa fortaleciéndose. Lideran iniciativas de ecoturismo comunitario donde los visitantes no solo ven los puentes, sino que también aprenden a cuidarlos, garantizando que este patrimonio vivo no se convierta en una reliquia, sino que continúe prosperando para las generaciones futuras.
Meghalaya nos enseña que la verdadera belleza de un paisaje no reside solo en su estética, sino también en las historias de las personas que aprenderán a observarlo y crecer con él.