En el norte de Corea se encuentra una hermosa isla volcánica, cuyos paisajes fueron moldeados por nuestros antepasados. Jeju es una tierra de olas de basalto negro que se funden con las aguas turquesas del Mar de China Oriental. Sin embargo, a pesar de todos sus flujos de lava y actividad volcánica, el verdadero legado de la isla no es geológico, sino humano. Aquí presentamos a una generación de mujeres que desafían las leyes de la biología y las convenciones sociales establecidas: las Haenyeo, o «gente del mar».
En esta historia, exploramos el estado de nuestra relación con lo más puro y mejor de nuestra época.
Al igual que las Haenyeo, existen innumerables recolectoras de mariscos exitosas que recolectan algas y mariscos del mar sin usar tanques de oxígeno. Basta con un vestido, gafas protectoras y un accesorio marino (como un tewak) para que las lleven al fondo marino.
En Jeju, hornear o elaborar margarina no es trabajo para hombres. Sin embargo, en el siglo XVIII, debido a la demanda de salarios más altos para los hombres que trabajaban fuera del hogar, las mujeres comenzaron a incorporarse al mercado laboral. Con el tiempo, un factor significativo influyó en el cambio cultural nacional: las mujeres se convirtieron en responsables de la economía familiar, asumiendo un rol maternal en una Corea marcada por el patriarcado continental.
El momento de la decisión de las haenyeo fue crucial para la trama. La isla de Jeju es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Uno de los mejores lugares para observar a las haenyeo (mujeres nadando) es Seongsan Ilchulbong, o «Pico del Amanecer», una montaña que emerge del mar. Las rocas de basalto negro sumergidas no solo ofrecen un hermoso paisaje, sino que también sirven de ancla para los buceadores. En estas aldeas, las mujeres solían construir bulteok, chozas de piedra donde se reunían alrededor del fuego para calentarse antes de bañarse y donde se realizaban rituales comunitarios.
Cuando una haenyeo se encuentra en el fondo del río, emite un sonido agudo y silbante, acompañado de un largo gemido llamado sumbisori. Esto no es un gesto poético, sino un estado fisiológico muy importante. Al respirar profundamente, las sirenas exhalan dióxido de carbono e inhalan rápidamente oxígeno fresco, protegiendo así sus pulmones de la contaminación del océano.
La comunidad Haenyeo es estrictamente meritocrática y se divide según la capacidad pulmonar y la experiencia de sus miembros:
Hagun: Buceadores principiantes o con poca experiencia que trabajan en aguas poco profundas.
Junggun: El grupo intermedio, que alcanza profundidades medias.
Sanggun: Los buceadores experimentados, los más hábiles, que bucean a mayores profundidades y lideran el grupo, garantizando la seguridad de los demás.
Esta jerarquía garantiza que ninguna mujer se esfuerce más allá de sus límites físicos, fomentando un sistema de cuidado mutuo donde los más fuertes siempre cuidan a los más vulnerables.
La vida de las Haenyeo está impregnada de un profundo sentido de espiritualidad animista. Antes del inicio de la temporada de buceo, realizan rituales conocidos como Jamsugut, dedicados a Yongwang, el Rey Dragón del Mar. En estas ceremonias, piden protección contra las corrientes traicioneras y una cosecha abundante.
Su relación con el mar es de absoluto respeto, no de explotación. Las haenyeo tienen prohibido pescar durante la temporada de reproducción y nunca utilizan tecnologías que puedan agotar los recursos de forma insostenible. Esta ética ecológica ha permitido que los ecosistemas de Jeju se mantengan saludables durante siglos, sirviendo como ejemplo mundial de pesca artesanal y sostenible.
A pesar de ser reconocidas como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, las haenyeo enfrentan una amenaza existencial. La industrialización y las oportunidades educativas de Corea del Sur han llevado a las nuevas generaciones a buscar empleo en las ciudades, lejos del arduo y peligroso trabajo en el mar.
Envejecimiento: Hoy en día, la gran mayoría de las haenyeo activas tienen más de 70 años.
Cambio climático: El aumento de la temperatura del agua está desplazando a las especies nativas de algas y moluscos, alterando el equilibrio del ecosistema que las sustenta.
Contaminación: El plástico y los residuos industriales están dañando la visibilidad y la salud del fondo marino.
Las haenyeo de Jeju son mucho más que simples buceadoras; son testigos vivientes de una era en la que la humanidad comprendió que su destino estaba ligado al pulso del océano. Sus rostros, marcados por la sal y el sol, y el sonido de sus tambores solares en el horizonte, nos recuerdan la fuerza de voluntad femenina y la importancia de preservar culturas que priorizan el equilibrio ecológico sobre el lucro inmediato.
Visitar Jeju hoy es una oportunidad para presenciar los últimos años de una tradición milenaria. Es un paisaje de singular belleza que nos invita a reflexionar sobre lo que estamos dispuestos a perder en nombre del progreso.